El ruido humano
Una pregunta abierta sobre tomar la vida por los cuernos terminó llevándome a pensar en la madrugada, el cuerpo, la familia y el paso de operador a arquitecto de mi propia vida.
Hace poco hice un experimento nuevo.
Le hice a ChatGPT una pregunta deliberadamente abierta, sabiendo que ya tenía bastante contexto sobre mí, sobre lo que construyo y sobre las cosas que me han estado ocupando durante los últimos años.
Le pregunté:
Si quisiera agarrar la vida por los cuernos, ¿qué me recomendarías?
La dejé ambigua a propósito.
No sabía si la conversación se iría hacia dinero, disciplina, riesgo, emprendimiento, relaciones o trabajo. Terminó abriendo algo mucho más incómodo: la relación entre mi cuerpo, mi tiempo, mi ambición, mi familia y la manera en que estoy intentando construir.
Tengo horarios malos. Muy malos.
Durante una temporada me estaba durmiendo a las cuatro de la mañana. Después a las cinco. En algún punto ya eran las siete y yo seguía trabajando.
No quiero convertir esto en otro sermón sobre dormir temprano. Sé que necesito ordenar mis horarios. Eso no es particularmente revelador.
La pregunta interesante es otra:
¿por qué terminé ahí?
Cuando la madrugada se vuelve tuya
Mi vida —y, sospecho, la vida de muchos founders— no funciona como un empleo tradicional.
No salgo de casa, entro a una oficina y durante ocho horas existe una frontera clara entre "trabajo" y "vida".
Trabajo desde casa.
Vivo con mi familia.
En un mismo día hay código, llamadas, clientes, investigación, pendientes, limpieza, decisiones domésticas, personas que necesitan ayuda, proyectos que no dejan de moverse y nuevas cosas que inevitablemente aparecen.
No hay una campana que indique cuándo termina una cosa y empieza la otra.
Y poco a poco la madrugada empezó a convertirse en el único momento donde nadie me pedía nada.
A las dos de la mañana no llegan tantas llamadas.
A las tres no aparece un pendiente doméstico nuevo.
A las cuatro no hay una conversación que tengas que atender inmediatamente.
El mundo baja el volumen.
Y por fin puedes quedarte varias horas dentro de una misma idea.
Ahí entendí que quizá mi problema no era solamente dormir tarde.
La noche se había convertido en una forma de soberanía temporal.
No era únicamente que quisiera seguir trabajando.
Era que esas horas se sentían completamente mías.
El ruido humano
A veces llamo a todo lo demás ruido humano.
Dormir.
Comer.
Limpiar.
Ejercitarse.
Enfermarse.
Bañarse.
Comprar cosas que hacen falta.
Atender interrupciones.
Cuidar a otros.
Mantener una casa.
Mantener un cuerpo.
Hay días en los que quisiera ser sólo mente.
Una entidad que pudiera seguir pensando, leyendo, conectando ideas, programando, investigando y creando sin tener que detenerse por mantenimiento biológico.
Una interfaz a la que pudiera entrar y salir.
Suena cómodo.
También es una fantasía bastante contradictoria.
Soy psicólogo.
Construyo alrededor de salud mental.
Me interesan las comunidades, los sistemas económicos, la tecnología, la privacidad, la identidad, la cooperación y el futuro de los datos humanos.
Me importa mi familia.
Me importa lo que ocurre con las personas a mi alrededor.
Prácticamente todo lo que me interesa existe precisamente porque no somos mentes flotando en el vacío.
Somos organismos vulnerables, sociales, temporales e interdependientes.
Tenemos historia.
Tenemos necesidades.
Tenemos vínculos.
Tenemos cuerpos que eventualmente se cansan.
El "ruido humano" que a veces quisiera apagar es también la materia prima de casi todo lo que considero importante.
El founder tampoco está fuera del sistema
Hay algo seductor en pensar que una etapa intensa de emprendimiento requiere poner en pausa el resto de la vida.
Primero construyo.
Después descanso.
Primero genero dinero.
Después cuido el cuerpo.
Primero saco el producto.
Después veo a la familia.
Primero arreglo la empresa.
Después arreglo mis horarios.
El problema es que siempre existe otro "primero".
Una empresa no llega a un estado final donde todo deja de moverse.
Una familia tampoco.
Un cuerpo mucho menos.
Entonces la pregunta deja de ser cómo eliminar las interrupciones de la vida para poder construir.
Empieza a ser:
¿cómo construyo sin tratar mi propia vida como una interrupción?
Esa pregunta me resulta mucho más difícil.
Porque implica aceptar límites.
Y aceptar límites no significa renunciar a la ambición.
Significa diseñar alrededor de ellos.
Ser bueno resolviendo también puede convertirse en un problema
Durante años he operado como alguien que sabe resolver.
Si algo se rompe, lo arreglo.
Si falta una página, la construyo.
Si tengo que aprender un framework, lo aprendo.
Si aparece una oportunidad en blockchain, la investigo.
Si necesito montar agentes, infraestructura, pagos, wallets, aplicaciones o sistemas de datos, encuentro cómo hacerlo.
Si no sé algo, normalmente puedo aprender lo suficiente para avanzar.
Esa capacidad me ha servido muchísimo.
También puede convertirse en una trampa.
Porque cuando puedes resolver muchas cosas, es muy fácil terminar resolviéndolas todas.
Y en algún punto ser la persona que puede hacer de todo te convierte en el cuello de botella de absolutamente todo.
Mi siguiente etapa no puede consistir en convertirme en una versión todavía más eficiente de mí mismo haciendo veinte trabajos.
Tiene que ser otra cosa.
Pasar de operador a arquitecto.
Sistemas personalizados
No me interesa vivir como un robot.
Tampoco quiero una rutina diseñada por otra persona bajo la idea de que existe una manera universal de ser productivo.
Lo que necesito son sistemas personalizados.
Sistemas construidos alrededor de mi vida real.
Horarios con anclas.
Comidas suficientemente predecibles.
Bloques de trabajo que protejan concentración.
Espacios donde mi familia pueda necesitarme sin destruir todo el día.
Contenido producido por lotes.
Publicidad automatizada.
Procesos documentados.
Roles claros.
Agentes capaces de encargarse de trabajo repetitivo.
Equipos donde cada decisión no termine escalando hasta mí.
No porque quiera controlar cada minuto.
Al contrario.
Quiero eliminar suficientes decisiones repetitivas para recuperar capacidad de decidir sobre las cosas que sí importan.
Hay una diferencia importante entre disciplina y arquitectura.
La disciplina dice:
mañana volveré a tomar la decisión correcta.
La arquitectura intenta que mañana no sea necesario volver a tomarla.
Recuperar capacidad
Mientras hablaba de esto, empecé a ver que ordenar mi vida no era realmente el objetivo final.
Dormir mejor no es el proyecto.
Comer mejor no es el proyecto.
Hacer ejercicio no es el proyecto.
Automatizar contenido tampoco.
Son infraestructura.
Son intentos de recuperar capacidad.
Capacidad física.
Capacidad cognitiva.
Capacidad económica.
Capacidad para estar presente.
Capacidad para construir durante más tiempo sin que todo dependa de una racha de energía o de una madrugada particularmente productiva.
Y ahí apareció otra pregunta.
Porque si logro recuperar parte de ese tiempo, si consigo hacer que más cosas funcionen como sistemas y menos cosas dependan de improvisación constante, entonces tengo que decidir qué hacer con toda la obra que ya existe.
Años de ideas.
Investigación.
Whitepapers.
Código.
Experimentos.
Productos.
Errores.
Frameworks.
Tesis que muchas veces sólo son legibles para mí porque conozco el hilo que las conecta.
Entonces la conversación dejó de ser sólo sobre tiempo.
Empezó a ser sobre exposición.
Sobre publicación.
Sobre valor.
Sobre qué significa construir abiertamente después de haber aprendido que abrir algo también cambia lo que otros pueden hacer con ello.
Y apareció una segunda pregunta, bastante más incómoda:
¿Qué voy a hacer con todo lo que llevo años construyendo una vez que tenga espacio para hacerlo visible?
Ese es el siguiente problema.